Soy tu chica loca de los gatos
Tengo que hacer un buen de tareas, pero me aviento este pensamiento rapidín porque nada más anda ronde y ronde por mi cabeza como mosquito y no me deja pensar claro.
Listo, a escribir…
¿Qué carajos quería escribir?
Para eso me gustabas, ahí andas turbando mi inexistente pero simbólico equilibrio, pero cuando me dispongo a satisfacer tus caprichos, te escurres.
Bueno, del coraje ya me salió un gusanito nuevo: No puedo vivir con otras personas. Me harto de mi cerebro, es muy caótico y escandaloso como para soportar a otro ser humano. Apenas con Agatha, mi gata, me llevo bien, me mira con sus ojos grandotes, brillantes y atentos, casi de humano, y me responde con monosílabos o bisílabos; pareciera poco pero nos entendemos de maravilla.
Por ejemplo, cuando tiene flojera y le estoy sobando la panza:
-Agatha- la llamo con cariño.
-Mrraa- me contesta, con timbre ronco y los párpados a medio abrir, como diciendo “Tan rico que se siente el masaje y tenías que estar de necesitada, me da hueva contestarte pero lo hago porque me estás sobando y a lo mejor así te callas”.
